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miércoles, abril 26, 2006

Un perro en un bar

El lunes, a la salida del metro en Santutxu, me dieron un libreto con pequeños relatos titulado "Lecturas entre paradas". En el viaje de vuelta me puse a leerlo y hubo una historia que me llamó mucho la atención. Se titula "Un perro en un bar" de María Eugenia Salaverri. Aquí os lo dejo:

Empecé a ir a aquel bar por las noches porque Jaime, mi novio, se había ido a trabajar al extranjero con un contrato de tres meses y me deprimía estar sola en casa. El bar no era bonito y tenía unas luces mortecinas que me hubieran espantado de haber estado yo bien. Pero yo no estaba bien, y quizá por eso me sentía mejor en aquel antro descuidado y triste que me recordaba un poco a mí misma.
Solía llegar sobre las diez, después de cenar. Tomaba una copa, jamás hablaba con nadie y me dedicaba a pensar en mis cosas. A eso de las once, volvía a casa y me metía en la cama. Llevaba haciéndolo durante un mes y ya se había convertido en una rutina imprescindible. Aunque lloviera o granizara, iba al bar. Al principio, mientras bebía, pensaba en Jaime. Pero me angustiaba mucho, y descubrí que mezclar angustia y alcohol no era bueno, así que cada vez que él me venía a la cabeza, intentaba distraerme con lo que fuera.
Una noche entró en el bar un hombre con un perro, un ratonero feísimo con hocico de rata y cola de zorro. Nada más verme, el perro se acercó a mí y me hizo todas las gracias que sabía. Le acaricié, y pregunté al dueño su nombre. "Antonio Pérez", respondió. "No", dije sonriendo por el equívoco, "el nombre del perro, no el suyo". "Él se llama Antonio Pérez", contestó, "yo, no". "Ah", dije, "qué nombre tan raro para un perro". El tipo me miró con displicencia y me dio la espalda, como tantas veces había hecho yo con los pelmas que intentaban darme conversación. Aquella noche llegué a casa un poco más tarde, porque me costaba separarme de Antonio Pérez.
A partir de ese día le vi muchas noches, y siempre que me descubría, se ponía loco de contento. "Hola, Antonio", le decía yo al verle, y él movía el rabo, saltaba, me lamía, corría a mi alrededor... Luego, cuando se calmaba, me miraba a los ojos con una mirada profunda y trágica, como si me estuviera haciendo una confidencia íntima e impronunciable. Llegué a pensar que entre él y yo había un nexo incomprensible y que tal vez en otra reencarnación habíamos compartido momentos importantes. Era todo raro y absurdo, y algunas veces temí estar volviéndome loca, porque jamás había tenido esa clase de pensamientos.
La noche en que el perro llegó y se tumbó a los pies de su amo, sin acercarse a mí, sin saludarme, me sorprendí muchísimo. Con disimulo, intentando no llamar la atención de ningún cliente, le hice toda clase de gestos para que se acercara, pero fue inútil, no se movió de su sitio. Me miró fijamente un par de minutos y luego volvió la cabeza. Me sentí fatal y me pregunté por qué tanto las personas como los perros se acercaban a mí, me querían durante un tiempo y luego se apartaban, sin que yo supiera por qué primero me habían elegido y luego rechazado. Hubo un momento de vértigo en el que no supe si pensaba en Jaime o en el perro. Pagué mi copa y salí del bar. Crucé ante Antonio Pérez esperando que me diera alguna muestra de cariño, tal vez que moviera la cola en señal de reconocimiento, pero no, se limitó a mirarme con sus ojos oscuros y húmedos hasta que me fui.
Pasé unos días sin ir al bar, pero echaba en falta la copa, el ambiente cutre del local, las voces de los parroquianos en la barra, el humo, los cacahuetes rancios. Pero no quería ir y comprobar que el perro ya no me hacía caso o, lo que era aún peor, que había encontrado un nuevo amigo para sustituirme.
Hasta que una noche volví. Estaba tomando mi copa cuando entró el dueño del perro y se quedó en la barra, sin hablar con nadie, como siempre. Cuando pasó por mi lado, camino de la maquina de tabaco, me decidí a preguntarle dónde estaba Antonio Pérez. "Se ha ido", dijo. "ah", contesté. No se me ocurrió nada más que decir. Él sacó tabaco y volvió a la barra. Al rato se acercó a mi mesa, preguntó si podía acompañarme y se sentó. "Le pusieron la inyección el otro día", dijo, "hubiera podido esperar algo más, pero no quise que sufriera. Sufrir es una mierda, ¿verdad?". "Sí", contesté yo, "sufrir es absurdo".
Desde ese día, suele sentarse a mi mesa. No sé aún cómo se llama. Me da igual. A veces hablamos un poco del perro. Pero generalmente no hablamos nada. Él piensa en sus cosas, yo en las mías. Jaime ha vuelto y hemos roto. Mejor así. Ya casi no me acuerdo de él. En cambio, echo mucho de menos a Antonio Pérez.

1 Comments:

At 12:30 p. m., Blogger Rikku said...

Joder menudo relato O_O

Es un poco triste :/, xk la chica conoce a alguien , weno "alguien", con quien no sentirse sola y derrepente muere :S
Pero es un buen relato^^

 

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